
"Mi padre era un republicano español que a los 19 años se vino de España para no hacer la conscripción. Autodidacta, gran lector de temas de su especialidad (mecánica, física, ingeniería), preocupado por la política, canalizaba sus inquietudes en la lectura de diarios... y en las discusiones en torno a la mesa de truco los sábados y domingos", dijo María Esther en un reportaje.
La casa que perteneció a la escritora, con el nombre de "La Tera", es hoy un museo erigido en su honor en Larroque.
Su vocación literaria comenzó pronto, a los ocho años, cuando ganó un concurso literario en la escuela primaria. Adolescente, fue novicia en la congregación de las Paulinas, en Buenos Aires. Allí estudió filosofía y letras y recibió una beca para estudiar literatura en Italia. De regreso, abandonó su intención de consagrarse a la iglesia.
Estaba casada con el editor Andrés Alfonso Bravo, a quien conoció en la década del ´60. Falleció a consecuencia de un cáncer de colon.
Su copoblano, el periodista Daniel Tirso Fiorotto, publicó en La Nación un relato de su sepelio en Larroque, donde sus restos descansan en el panteón familiar: "una callada multitud acompañó el féretro con los restos de María Esther de Miguel a su última morada ayer, a la hora de la siesta, bajo una intensa llovizna. Tras el responso en la parroquia del Perpetuo Socorro, sus vecinos le brindaron un sostenido aplauso de despedida.
La autora de "Las batallas secretas de Belgrano" había nacido aquí hace 77 años y murió el domingo en Buenos Aires, víctima de cáncer.
Los larroquenses abrazaron a Andrés Alfonso Bravo, el esposo compungido, a sus hermanos Pocha y Ricardo de Miguel y a sus sobrinos. A las 14:30 cada uno volvió a la ciudad como pudo, por un camino fangoso, y el cuerpo de la escritora quedó allí, en compañía de la más absoluta soledad.
El arrullo de las palomas en los cipreses, una bandada de teros a la distancia y nada más. Una pareja de horneros dio el toque de alegría sobre su casita de barro construida ahí mismo, en la cruz mayor del cementerio municipal.
"Cuánto silencio aplastante como única respuesta. Oh, la muerte puede ser un bien incomunicable", había escrito María Esther, al imaginar el cuadro de algunos mártires de la historia en su "Jaque a Paysandú".
Una jornada como ésta la habría inspirado, apuntó el poeta Roberto Romani, su conciudadano. "Veníamos rumbo al cementerio con los amigos y pensaba: una tarde de lluvia, no sabíamos si nos íbamos a empantanar, le estábamos dando elementos para que ella siguiera creando sus cuentos, sus novelas, y riendo un poco de nosotros y de ella misma, como lo hizo tantas veces".
El cortejo fue acompañado con un solo chaparrón en toda la provincia, como en el duelo de naipes de Ceibas City, en el que los parroquianos que pintaba María Esther se jugaban todo, incluida la moza que sostenía el candil.
Al pasar por los ombúes centenarios y la casa que fue suya -que ella misma diseñó y parquizó, para regalarla después a la comunidad- los vehículos disminuyeron la marcha. No tenía diez casas en Larroque, sino sólo una, que bautizó "La Tera", en homenaje al sobrenombre que recibió de pequeña. La regaló en silencio, pero los larroquenses se lo agradecieron en una fiesta patria, el 9 de julio de 1998. Por ese y otros gestos, aquí sepultaron no a la escritora solamente, sino a la vecina querida.
"La vamos a recordar por su obra, por su generosidad, por su sencillez. Nunca se la creyó. Tenía una sonrisa única para recibirte. Era una mujer dispuesta a escuchar, a apoyar a los demás", comentó su amiga Susana De Zan. Para Atilio Benedetti, otro amigo que fue intendente de la ciudad, "es y va a ser la embajadora permanente de nuestra ciudad".
Al despedir los restos pensó en voz alta: "En momentos en que la opinión pública oscurecía la imagen de nuestro pueblo, ella puso luz como antes lo había hecho su padre en la ciudad". Fue una doble referencia a los momentos difíciles que transitó Larroque con el caso de otro hijo de la ciudad, Alfredo Yabrán, y al padre de María Esther, un español encargado de la usina eléctrica local. Ya es sabido que su madre nació en las colonias judías fundadas aquí por el barón Mauricio de Hirsch.
No hubo presidentes, ni gobernadores, ni flashes, ni cámaras de marca, nadie de afuera que robara un milímetro de intimidad a los seres queridos, a los que María Esther saludaba en las veredas desde su bicicleta rosa.
Publicado por: El Diario de Gualeguay.
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