El testimonio de un guionista y productor argentino sobre su estadía en Gonaives, la tercera ciudad de Haití, donde llegó para realizar un documental sobre los Cascos Azules.
Por Santiago Hadida
Al enterarme de que mi próximo trabajo iba a ser un documental sobre los Cascos Azules argentinos dentro de la Misión de la ONU para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), una serie de prejuicios comenzaron a trabajar en mi mente. Una estadía en Gonaïves era la única manera de contrastarlos. Desde la llegada de los barcos de ultramar, Haití vivió sólo desgracias: primero fueron aniquilados los taínos, un pueblo originario; después, diezmados sus recursos naturales con el trabajo esclavo importado desde África; luego de su independencia, una serie ininterrumpida de golpes militares e invasiones impidió su estabilización; finalmente el SIDA, que afecta a casi un 10 por ciento de la población. Y todo esto en un escenario en el que se suceden huracanes, terremotos e inundaciones en forma cíclica.
Gonaïves es la tercera ciudad de Haití. Se la conoce como Ciudad de la Independencia, porque aquí tuvieron lugar los hechos que desembocaron en la temprana liberación del yugo francés, en 1804.
Lo primero que me sorprendió de Gonaïves es la calle: a los lados, entre el humo de los caños de escape y el polvo, se alternan montañas de escombros con basura y puestos de venta de comida al paso. El centro de la calle es una mezcla de fango, piedras y obras cloacales inconclusas. En la superficie, en un caos absoluto y a fuerza de bocinazo, se desplazan sin ley todo tipo de vehículos: motos con chofer, motos que llevan a familias enteras, enormes camiones y las increíbles “tap-tap”, camionetas colectivas que apilan pasajeros como si fueran bultos. Cuando comienza a anochecer, la ciudad queda en una oscuridad fantasmagórica, apenas iluminada por las velas sobre los puestos de venta y las luces de los autos.
Luego de atravesar la ciudad (diez kilómetros pueden demandar una hora) llegué a la base militar argentina de la ONU. Al principio me pareció un alivio el hecho de vivir en este pequeño condominio al pie del monte Bienac, a salvo de las inundaciones y provisto de comodidades de las que carece Gonaïves: aire acondicionado para soportar el calor agobiante, agua (potabilizada en la base), comida, baños limpios, electricidad, telefonía e Internet, fundamentales para mantener la moral de la tropa alta y evitar que los soldados “quiebren”, como se dice aquí.
Con los días, comencé a ver la base como una cárcel. Los cascos azules tienen prohibida la salida y el contacto con la gente como civiles. Tras los muros alambrados que los separan de la ciudad, grupos de niños reclaman comida, agua y atención. Más allá de cualquier buena intención, los Cascos sólo pueden ayudar dentro de las CIMIC, acrónimo en inglés de “cooperación civil-militar”, operaciones en las que entregan raciones de agua y comida a la población.
En un orfanato, cientos de chicos hambrientos nos reciben con canciones. “Cada uno de ellos podría ser mi hijo”, me dice un suboficial, casi llorando. Pero el mandato de la ONU sólo permite la ayuda humanitaria dentro de una serie de condiciones estrictas; que requieren dejar de lado cualquier inclinación sentimental.
Pasan los días y la confianza entre el equipo de trabajo del documental y los Cascos crece. La noche de sábado, las compañías se relajan y hacen sus comidas. Nos invitan a comer empanadas, para acercarnos un poco a nuestra patria y tal vez sacarnos de encima el dolor de Haití. El clima es familiar y cordial, y se presenta, inevitable, la charla política. En cada intervención develo un poco más mi posición de izquierda. Pero como un retruco, comienzo a escuchar que algunos defienden a Perón, otros a Kirchner, incluso al “Che”. No hay uniformidad en el pensamiento, tampoco se juzgan entre ellos. A medida que conozco a mis interlocutores, mis prejuicios caen. Me emociono al escuchar a uno de ellos, un entrerriano maduro de edad e ideas, que prefiere quebrar cualquier cadena de mando antes que los derechos civiles. Su primer trabajo como militar fue en la época de Raúl Alfonsín y le falta poco para el retiro. Con orgullo, me cuenta que su hijo se está por recibir de abogado y que le salió “zurdo”. “Yo, soldado de la democracia”, me dice, golpeándose el pecho.
Ese día me dormí pensando que algo profundo cambió en nuestro pueblo: que estos años de democracia sirvieron para que nuestra sociedad asumiera la diversidad de pensamiento como algo necesario para crecer.
¿Que será de ti, Haití? El desempeño del contingente argentino es destacado por el mismo pueblo haitiano, que cuando se entera de que uno es argentino dice: “Argentino, bon bagay” (“buen tipo”), en reconocimiento a la ayuda brindada. Sin embargo, la solución aún parece estar muy lejos de las recetas que la ONU propone. La ineficiente ejecución de las partidas de ayuda y el sospechoso funcionamiento de empresas privadas en la reconstrucción del Haití post-terremoto son parte de un negocio que necesita a un país dependiente para seguir funcionando. Las ayudas verdaderas son aquellas que promuevan la emancipación y la autonomía. Como dijo el “Che”: “No le des pescado, enséñale a pescar”. ¿O fue otro quien lo dijo?
Hadida es un guionista y productor argentino.
Publicado por: Diario El Argentino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario